Artículos de Intéres

«TERAPIA GESTAL Y CLÍNICA» POR ÁNGELES MARTÍN

El Tiempo es...

La psicología de la gestalt se transforma en psicoterapia cuando F. Perls introduce el concepto de motivación.

Hay tres premisas que fundamentan la Gestalt como una terapia con sus aplicaciones en el campo de la psicología Clínica.

La primera premisa es el darse cuenta, que tiene que ver con el «qué» y el «cómo» de la conducta y no con el «porqué». Sólo cuando el individuo se da cuenta de lo que hace y de cómo lo hace podrá cambiar su conducta. Esto introduce un cambio sustancial en el modo de concebir al paciente, el cual pasa a echar la culpa de lo que sucede a algo o alguien externo a hacerse responsable de sus conductas y de sus consecuencias.

La segunda es la homeostasis, que Perls  identificó con autorregulación organísmica y lo definió como el proceso mediante el cual el organismo interactúa con el ambiente para mantener el equilibrio.

La tercera es el contacto, que ya va implícito en la anterior premisa de homeostasis. El contacto es imprescindible para el crecimiento y el desarrollo del ser humano.

La salud y la enfermedad vendrán determinadas, pues, por una alteración en cualquiera de estas tres expresiones del ser humano. A partir de esta concepción, la persona que asiste a terapia ya no es un enfermo irrecuperable y la enfermedad no es una fijación en una etapa infantil como lo era el Psicoanálisis- o una mera conducta observable-como lo era  para las terapias conductuales-, sino un desajuste en el intercambio con el ambiente.

Los objetivos de la Terapia Gestalt son:

- Pasar del apoyo externo al autoapoyo.
- Aprender a darse cuenta de lo que hace y cómo lo hace ( auto-responsabilidad) .
- Lograr la mayor integración posible.
- Fomentar en el paciente una actitud activa y responsable que le permita aprender a observar sus conductas y a experimentar otras nuevas.

Hay mucho de novedoso en la Terapia Gestalt y en su abordaje desde la práctica clínica. A saber:

- Concepto de «paciente» como persona que viene a terapia en contraposición con el «enfermo incurable «.
-  La cualidad del terapeuta como el que «enseña a aprender«.
-  El proceso terapéutico como experiencia de contacto esencialmente fenomenológico.

En cuanto al primer punto, la persona es tratada como una totalidad y es co-responsable del proceso terapéutico; es por eso que ha de ser particularmente activo y capaz de descubrir y lograr sus objetivos a través de sus propios esfuerzos.

En cuanto al segundo, un terapeuta gestáltico no interpreta, no condiciona ni descondiciona, acompaña. Atiende ala conducta, no a los mentalismos. Atiende al darse cuenta y no a preguntas especulativas; al aquí ahora en lugar del allá y entonces.

Tiene un estilo directo y activo en el trabajo terapéutico y una preocupación por crear una relación horizontal. Paciente y terapeuta son dos personas embarcadas en una tarea en el que el foco de atención es el paciente; no se fomenta la dualidad de que el sano es el terapeuta y el enfermo el paciente.

El uso del terapeuta como herramienta de cambio, el que apoya lo genuino y confronta lo neurótico del paciente. Sus devoluciones oscilan entre el apoyo y la frustación.

Por último, un terapeuta gestáltico no le dice al paciente lo que ha descubierto acerca de él, sino que el enseña a aprender acerca de sí mismo.

En lo que se refiere al proceso terapéutico, éste no es un producto terminado sino que ha generado una persona que ha aprendido a desarrollar el « darse cuenta « que necesita para solucionar sus propios problemas. El criterio de éxito no es la aceptación social, sino el incremento de la capacidad de darse cuenta del paciente, que se ve reflejado en un aumento y recuperación de su vitalidad y en una conducta más integrada de acuerdo a sus necesidades esenciales y a sus posibilidades.

La última aportación a la que quiero referirme estás contenida en una frase de Perls: «La Terapia Gestalt» es algo  demasiado bueno como para acotarlo exclusivamente a los neuróticos».

«LA TEORÍA PARADóJICA DEL CAMBIO», POR JOSÉ LUIS PÉREZ

El ansia puesta en transmutar ( en cambiarse de forma ) lo que uno es en lo que uno cree que tendría que ser, disfraza, como mínimo, dos trampas.

PRIMERA: Lo que uno es, mejor dicho, lo que cree que es, no deja de ser, como mucho, una borrosa visión de algunas de las caras del prisma de la personalidad en nuestro estar en el mundo. Nos vamos haciendo, con-formando, en función de las relaciones que establecemos con el entorno; es lo que solemos llamar educación y crecimiento.

Vamos atravesando situaciones que nos toca vivir y, cada una de ellas, desarrollamos, o no, diversos aspectos de nuestro carácter. Claro que habrá veces, en que, por dificultad o mala suerte, no será tan evidente la adquisición de nuevas capacidades: los llamados fracasos. Lo preocupante suele ser muchos de los éxitos:¡conseguí lo que quería! Sí. Y no aprendiste nada en el proceso; te quedaste narcisistamente conformado con el brillo de lo poco que habías arriesgado, y te negaste a ser-tocado por aquello que no concordaba con la rígida-tranquilizadora contemplación de tu conocido ombligo.

Sí, claro. Hay motivos para quedarse quietos: el miedo a lo desconocido, los posibles daños… a esto le podríamos llamar lastre mental: conjunto de pensamientos «perfectamente comprensibles» que contraindican la apertura-a-quien-sabe-qué y justifican la inmovilidad hasta que pase el supuesto peligro de estar vivo.

Así que, para tenernos controlados y que no nos asalten las sorpresas, nos identificamos con un reducidísimo repertorio de cualidades (enviando el resto a una gira mundial en busca de personas dispuestas a interpretar los papeles que nos negamos en nuestra propia película: el santo, el violento, el rey, la solitaria, la pura-y-sufriente, el incomprendido…) y, claro, nos quejamos de la pobreza de nuestra existencia y de las limitaciones y agresiones que nos impone la sociedad y el vecino. Y solemos tener la pasmosa idea de que ¡así no se puede ser! ¡Tengo que cambiar y ser de otra manera!

SEGUNDA: Cómo creo que tengo que ser a imagen y semejanza de aquel ideal soñado, a quien nunca le pasa nada malo, no tiene caries y siempre encuentra aparcamiento.

Sí, como creencia no está mal. Hay otras igual de ocurrentes: Dios nos salvará de nuestros pecados, Hacienda somos todos y adelgazaré la semana que viene.

El asunto va acabar siendo, ya vas a ver, que no tienen tanta trascendencia tus ideales futuros. La vida se va tejiendo con pequeñas puntadas cotidianas: una puntada al derecho ( las necesidades satisfechas) y una puntada al revés ( las necesidades frustradas, que requerirá más paciencia y elaboración).

Y que el mejor telar lo tienes a tu alcance. En este magnífico momento. Cuando acabas de leer este escrito. Llevas tu atención al corazón, suspiras levemente, y te toleras un poquito más.

«SOBRE LA GANA… Y EL HACER LO QUE LA GANA LE DA A UNO» POR ALBERT RAMS

Gana. Deseo. Propensión o inclinación natural. Apetito. Hambre. Del hambre dirá Fritz Perls, el enfoque gestáltico, que es el verdadero motor del impulso, de la fuerza vital: nos movemos por un desequilibrio homeostático, en el que donde había algo, calma, se produce un déficit, un agujero, una falta… y sentimos hambre.

EL hambre, pues, la gana, la sufrimos, la vivimos y algunos la gozan. La gana exige, requiere, cita, encadena, neurotiza: subleva, retuerce, acaricia; psicotiza, enferma, mata… y, a veces, da. Da ganas de vivir, puede llegar a dar libertad interna y, de tanto en vez, da gracia.

La gana puede dar gracia así pues, probablemente, «dicen los sabios», en las preciosas ocasiones en que se juntan en un aquí y ahora, en un instante, en un presente: el hacer ( que quiere decir aquí pensar y sentir) lo que a uno ( lo individual ) la gana le da y lo que a uno ( lo colectivo ) le da gana, a la vez, sin reventar. En ambos sentidos simultáneamente, a favor de todos, en contra de nadie.

Quizás esto no sea posible sin, entre otras cosas, una actitud de servicio bien fundamentada, de buenos cimientos y formas libres a ser posible. No menos que sin un sólido trabajo psicoterapéutico que haya ido limpiando y limpie, de continuo, las máscaras de las presuntas actitudes de servicio que no lo son tanto como parecen.¡Un trabajazo…!

Un entender verdaderamente-entendido aquí, ese «verdaderamente» como integralmente: con el cuerpo, el corazón, la cabeza y el alma ala vez-un entender verdaderamente entonces, que una posibilidad para que eso no ocurra es entregar, dar en propia vez ( y aban-donarse a y en ello), lo que uno recibe de Ella ( de La Gana en este caso, y de su hermana La Fortuna) Brindar, como brinda el torero interno que con su faena se enfrenta al propio Toro. Brindar. Biendar en propia vez lo que uno recibe de Ella. Y lo que recibimos en general de la vida, del mundo, de los otros, de Dios, de la Energía…

En otras palabras, que si uno cuando hace lo que le da la gana no tiene en cuenta que esa gana que le hace hacer, sentir y pensar es «dada», recibida, y se la apropia interesadamente, no hay manera de desenredarse de la maraña fusional-confusional que constituye y sustenta el narcisismo, la posición vital narcisista, y sus parásitos habituales como el egoísmo (en el sentido popular de la palabra), el egocentrismo, el individualismo, la jeta y el abuso; no menos que las insoportables dosis de angustia en las prácticamente imposibles y casi siempre virtuales paradas.

Pero que si cuando uno hace lo que la gana le da, no tiene en cuenta también, al mismo tiempo y en el mismo espacio, que la gana con la que uno hace es la gana de uno, pues probablemente se esté  contando el típico peliculón que va acabar probablemente en creerse un Napoleoncito o un iluminadito. O incluso en cosas peores, claro, por haberle echado más tinta negra de la propia cosecha, sin darnos cuenta. Peores en el sentido de más difícilmente manejables, en todo caso.

Sólo en contacto con la gana de uno podemos tener presentes nuestros límites. Los límites («eso sí, eso no: ahora sí, ahora no…; esa parte sí, esa parte no; me lo pienso, no lo sé, ahora no sé que contestar a eso...») que definen el trazo peculiar del propio camino, en realidad de la manera propia de recorrer el camino que tantos otros han recorrido y recorren: el de «Conócete a ti mismo… y conocerás a Dios», por nombrarlo a la manera griega.

Así que, si nos ponemos a afinar, digamos que no es tan sencillito eso de hacer-lo-que-uno-le-da-la-gana- (escrito sólo con iniciales; hlqauldlg). No es desde luego el hlqauldlg»… y chimpún». No. No es para el hlqauldl.

«LA FOBIA», POR ÁNGELA NÚNEZ

La fobia –miedo irracional a ciertos objetos, animales o situaciones- es uno de los síntomas con el que algunas personas acuden a consulta en demanda de tratamiento.

Desde el punto de vista del análisis del carácter, la fobia, como tantos otros síntomas, tendría su raíz última  en el conflicto originado entre un impulso que busca la descarga y la prohibición del mismo, por lo que la gratificación directa se irá haciendo difícil y buscará otras vías para ello, unas saludables y otras no tanto. Al inicio, estas prohibiciones vendrían de la sociedad representada por el entorno familiar del niño/a. Poco a poco, durante su desarrollo evolutivo, éste/a irá interiorizándolas y haciéndolas propias. Como solución a este conflicto, el ya tomará unas formas definidas que constituirán las reacciones caracteriales típicas de cada persona, y estas si que serán conscientes aunque su origen quedará velado. Si todo esto acontece en la infancia, ¿cómo es que el síntoma no está presente siempre desde ese momento y aparece mucho más tarde?. ¿Cómo es que en un momento determinado una persona hace este síntoma?

Hablemos del carácter, estas formas de reacción a las que me he referido son los llamados rasgos de carácter, por ejemplo, obediente, digno, sumiso, etc., forman parte del yo y se crearon como protección ante las demandas instintivas percibidas como peligrosas y a costa de la energía proveniente del impulso reprimido. Así, son modos de reacción crónicos con el mismo propósito ya que la persona, desde este punto de vista, está considerada como un todo, postulándose como principio la identidad funcional mente-cuerpo. La contención en el aparato muscular impide el libre fluir de las excitaciones vegetativas y la conciencia de los afectos correspondientes que si no se perciben mucho menos será posible expresarlos. Como vemos, parte de la energía vital que consiste en excitaciones vegetativas no  puede ser descargada ni directamente ni por medio de la creatividad ya que está siendo usada para mantener la tensión a nivel psíquico  los rasgos de carácter, que operarán con a mayor o menor rigidez, según el principio de placer, en función de las situaciones que se presenten al sujeto.

Imaginemos que una persona se ha manejado más  o menos bien inhibiendo a lo largo de su vida el componente agresivo del impulso y ha usado la energía de éste en rasgos tales como el puritanismo, la obediencia, etc., es decir, en el mecanismo de defensa típico, que no exclusivo, conocido como Formación Reactiva.

Esta persona, ante una determinada situación, siente un intenso deseo sexual que no puede gratificar ni directa ni creativamente, por estar asociado con el temor al castigo, y ante el que  su mecanismo de defensa ha fallado pues no ha sido suficiente para contener la excitación vegetativa, su puritanismo no le sirve, entonces este plus de excitación la va a confrontar con la imagen que tiene de sí y sería bastante intolerable par el sujeto ya ahí puede hacer la aparición la fobia. Por lo tanto, la fobia vendría a reforzar los mecanismos de defensa, que han fallado, y a inhibir y contener la energía del impulso, percibida como angustia, con lo que esta quedaría desplazada al objeto fóbico que podrá ser más fácilmente evitado.

No todas loas situaciones que producen una intensidad de excitación que no tiene una salida saludable terminan en una fobia. Esta constituiría un procedimiento particular del manejo de la angustia, y de su elección y significación sólo podrá dar cuenta la persona en relación a  su historia in.

«TIEMPOS DE CRISIS, TIEMPOS DE COSECHA» POR ELENA REVENGA

Los humanos estamos unidos por redes vinculares significativas, como cordones umbilicales múltiples por los que discurren un sin fin de experiencias, no siempre nutritivas para nuestro ser. Experiencias, éstas, que por comprometidas, difíciles, dolorosas y desagradables para la propia imagen y el status construido, a veces quedan negadas, tapadas, disimuladas y ocultas en el fondo del saco. Aunque… da igual… de alguna manera por sutil que sea, estas huellas reclaman su lugar, así como la basura reclama su reciclado.

La persona queda en un equilibrio tan rígido como inestable, lejos de sí misma y la mayor parte de las veces cautiva del «tener que ser más»…, «tener que tener»…, de las expectativas y deseos ajenos, de las exigencias impuestas desde fuera y aceptadas como propias, alejando al ser humano de lo que es más cercano y evidente: su humanidad. A veces lo más sencillo y cercano nos resulta muy difícil y lo más evidente lo que más nos cuesta ver, aceptar y comprender.

De las contradicciones entre lo que la persona siente y muestra, opina y manifiesta, necesita y lo reclama, desea y niega, surge la angustia, como indicador de los cortocircuitos, la presión y el conflicto íntimo en que la persona se encuentra sometida.

Hay muchas personas acostumbradas a pseudovivir de este modo y que en un momento de crisis les invita a preguntarse sobre el sentido de su vida, relaciones y realizaciones. Así los tiempos  de crisis pueden transformarse en tiempos de cosecha, y esto depende en buena parte de la disposición y confianza que ponemos en lo que nuestro organismo completo quiere decirnos. Así muchas personas acuden a psicoterapia preguntándose y buscando los motivos verdaderos de su malestar vital que puede presentarse de diferentes maneras: disfunciones orgánicas, dolores corporales, crisis de angustia y pánico, las tan frecuentes crisis depresivas en que la tristeza, el vacío y la pérdida de sentido ganan terreno a la vida.

Cuando esa persona motivada por su necesidad de equilibrio organísmico se pregunta, sobre sus heridas, necesidades y deseos, comprometida consigo a cara descubierta, dispuesta para aceptar las respuestas que su propia verdad le proporciona, se va apropiando  de una satisfacción verdadera, no comparable a los variopintos éxitos eternos, medidos por el orden social al uso. El éxito en este caso significa la recuperación de una parte importante de sí misma: la consciencia en el ser autor a la vez que actor de la propia historia.

«NO HAY SALIDA» POR Mª DOLORES ÁLVAREZ GONZÁLEZ

Independientemente de la que frase se puede leer  esbozando una sonrisa de payaso el pánico del miedo. Ante el reto que supone vivir, no hay salida. Da igual que uno vaya contra su esencia o a favor de sí mismo; no hay salida. De igual modo el reto está ahí. No es fácil y en ninguna postura está garantizado nada, ni el triunfo, ni el fracaso; ni no sufrir o sufrir; ni conseguirlo o no. En ambas posturas puede ser que haya de todo. La diferencia es cuanto deseo, me atrevo y puedo incluso a riesgo de… y donde pongo el límite porque no puedo, no quiero, o no deseo, y no me atrevo, ni tengo fuerza para… No hay salida, una vez que comienza la cuenta atrás hasta el final de mi vida; esta me devolverá lo que vaya poniendo de algún modo grano a grano.

¿Entonces donde está pues la diferencia? Si nada que haga va a garantizarme nada, es decir no hay garantía de no sufrir, no verse en peligro, o pasar por el tedio del aburrimiento y aún así en cualquier momento puedo gozar, sentirme mal y bien e incluso no sentir y sentir, imaginar y a veces no. ¿Hay diferencia?... Se puede caer en el desastre existencialista o incluso en el hedonismo más fuerte; todo es posible e incluso no caer en nada. Es decir, dejar que pase lo que pase y que no me pase nada a ser posible o ir sobrellevando los acontecimientos con la consabida resignación y sálvese el que pueda. Todo es posible. «Así pues no hay salida»; la humanidad manda y lleva. Parecería que ante este desastre no hay desastre mayor, y sin embargo hay un mayor desastre y, es mi no darme cuenta de mí; la falta de conciencia de mí mismo, la ignorancia respecto a lo que hago y no hago, deseo y no deseo, puedo y no puedo, quiero y no quiero. Porque si no puedo siquiera saber quién soy , qué hago aquí y a dónde voy, pueda o no pueda, gane o triunfe, decida o no decida ir. Entonces sí que el desastre está garantizado.

En este viaje por la vida hay un don exquisita belleza y no  por ello gratuito y, es el poder ser dueño de mi mismo, con todo lo que implica, a ser posible, empezando por darme cuenta quién soy para bien y para mal; cómo sufro y disfruto, cuáles son mis infiernos y cuáles mis purgatorios  antes de que roce el cielo en algunos momentos. Y en este viaje hay una delicatessen aún mayor y es con el paso del tiempo ver qué hice de mi vida; cuándo realmente decidí que fuera mía, pudiendo rabiar, llorar, y gozar todo cuanto hubo y lo que  queda de ello; rozando los límites de mi darme cuenta respecto a todo lo que es mi vida y todo lo que me da el ser más consciente de ella como mía. Y mientras habrás sufrido, gozado… y si has luchado por lo tuyo y tanto si mueres consiguiéndolo o después de haberlo conseguido habrás triunfado, nadie podrá decir lo contrario.

Confieso que habrás vivido y al lado de eso qué  más da lo que hiciste respecto a lo que debías o decían, lo conseguiste y eso merecerá el cielo como lo viviste aquí después de todo era tu cielo y no los infiernos de… el debe ser… tu vida será una energía para el universo, limpia que trascenderá al más allá.

 

María Dolores Álvarez González.
Estudio de psicología clínica y psicoterapia GESTALT
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